Era su heroína, estaba tan enganchado a ella que no podía dejarla ir. En las noches frías la abrazaba, para sentir su olor y el calor de la espalda desnuda cerca de su pecho. Recorría cada uno de sus lunares a besos lentos y suaves, como caricias en la eternidad. Conocía sus miedos, y los acunaba para poder dormir. No existía la rutina, solo cafés con risas, besos entre cigarrillos y luces de colores en el corazón. Porque aunque parecía una vida en blanco y negro para ellos era un arco iris constante, un quiero y puedo.
Era su heroína, alguien que te hierve la sangre y mientras te da el máximo placer también te provoca el peor de los dolores. Una de las drogas más dañinas, cada beso una herida, cada roce una punzada en el pecho. Los años pasaban, las miradas se apagaban, como una obra que poco a poco apaga sus luces y cierra el telón. Aquí la función se terminó, la guerra acabó con el soldado herido y desgastado, y con la heroína sin ganas de salvar, sin ganas de más.
