Todos llevamos un monstruo dentro, que nos atormenta, como el Coco a los niños en la oscuridad. Se mete en nuestras vidas, las convierte en pesadillas e intentamos acabar con él por todos los medios. Intentando ser mejores que nuestros miedos. Aunque eso signifique perder una parte de nosotros, una parte de nuestra alma. La cual venderíamos al diablo por deshacernos de nuestros males más profundos.
Pero ella no era así, era completamente diferente. Convivía con la peor de sus pesadillas, convirtiéndose cada vez más en todo aquello que odiaba. Solía sonreír cuando realmente quería llorar, perdió la capacidad de ser sincera, amable o complaciente. Se aisló en su pequeño mundo enjaulada, sin ninguna puerta a la amistad, al amor, a las sensaciones más increíbles. como el sonido del mar, el silbido del viento enfurecido, la risa de un niño, la suavidad de una caricia... Sólo había lugar para la oscuridad y las espinas. Espinas clavadas una a una en su apagado corazón.Era la diosa en un reino muerto. Perdida en un laberinto hecho de mentiras, dolor, soberbia, avaricia, lleno de pequeños seres, de almas corrompidas y rostros desfigurados por el fuego de su odio interno.