Cada vez que sientes que vuelves a la misma situación de antes... huyes, si notas de nuevo que vuelves a dejarte llevar... huyes. Huyes de todo lo que un día consiguió sacarte los colores y las mejores sonrisas. Porque por muy diferentes que seamos, lo que duele si se repite... duele el triple.
Y por eso tengo miedo, miedo de perder la batalla, miedo de volver a quedarme sola, sin las personas que son mi apoyo y mi felicidad. Miedo a las emociones intensas y a los abrazos demasiado largos. Miedo a sentirme atada y querer huir. Inconscientemente cometo errores, para cambiar, para salir corriendo, para no enfrentarme a la verdad.
Ahora mismo vivo una etapa de transformación, mi vida se está volviendo otra, la gente que quiero está lejos, y no sé si lejos podré seguir estando en sus corazones. Porque siento pánico al pensar que no puedo ir a Matogrande a tomar un café por la mañana o un bocadillo de Alfredo en Monelos. No poder estar un viernes para ir a la Piadina, a Marineda o al centro con mis amigas, ni poder vivir aventuras cada día con la persona que más me ha demostrado en tan poco tiempo.
Y por todo esto no pienso, prefiero no pensar, actúo dejándome llevar, creyendo que nada duele, que los hechos no cambian nada, que las palabras no hieren. Pero me miento, me engaño y me culpo. Así sigo, adelante, y convaleciente. Intentando sonreír malamente para que todo parezca estar en su sitio. Como debe ser, dejándolo estar.