Todas las historias que nos venden tienen finales predecibles. Finales
románticos, dónde nadie acaba solo. Ni el extra que pasaba despistado por la
escena principal. Todo es fantasía y magia. Coincidencias perfectas que
consiguen que todo encaje, como un rompecabezas para niños de tres años.
Pero… ¿Qué ocurre con tu vecina del tercero a la que la
droga le ha robado un hijo? ¿Qué ocurre con ese pobre anciano que duerme en el
banco del parque de tu infancia? Nunca nadie habla de eso. Es más fácil
olvidarlo. Fingir que no lo has visto, que no existe.
Es muy fácil sentirse frágil, inútil, impotente. Somos
demasiado pequeños en un mundo tan grande. Estamos indefensos ante las
palabras, ante el poderoso, ante las mentiras que gobiernan el pueblo.
No somos capaces de aceptar los errores, solo nos damos
mutuamente palmaditas en la espalda cuando las cosas salen bien. Los momentos especiales están en los pequeños
detalles de quién sabe apreciarlos. Solemos sentirnos importantes, los más
importantes.
Los cuentos de hadas nos han mentido. Nos han hecho creer
que nuestra vida estará llena de sorpresas continuas, de relaciones para toda
la vida, de hijos estudiosos y trabajadores. No hablaron nunca del divorcio de
Cenicienta porque se sentía inferior, no
hablan de los adolescentes que salen en “Hermano Mayor”, no hablan de
infidelidades ni de fracasos, no hablan de madres de 15 años. Solo de piedras
en el camino que se superan sin esfuerzo, con ayuda de magia, hadas…
En el mundo real no existen las hadas. Existen los padres que intentan rescatar a sus hijos, existen las vacunas que gracias al estudio salvan nuestras vidas, existe el dinero, existen los vicios… Vivimos enjaulados sin saberlo. Vivimos llorando por dentro mientras reímos por fuera.
En el mundo real no existen las hadas. Existen los padres que intentan rescatar a sus hijos, existen las vacunas que gracias al estudio salvan nuestras vidas, existe el dinero, existen los vicios… Vivimos enjaulados sin saberlo. Vivimos llorando por dentro mientras reímos por fuera.
Pero no debemos abandonar, la lucha no siempre implica
ganar. Perder batallas no siempre conlleva ser vencidos. La clave está en tener
valor. Valor para intentar, para cambiar. Las costumbres no son leyes, las
tradiciones pueden cambiarse.
Si nadie tuviese ansia
por cambiar el mundo seguiríamos siendo monos en algún lugar del planeta. La
revolución no es un crimen, es un limbo entre el pasado y el futuro. Es un
nuevo pensamiento que surge a raíz de las injusticias.
Somos minúsculas hormigas
que si se unen pueden lograr imposibles. Si en vez de unir fuerzas para evitar
el descenso de nuestro equipo de fútbol, nos uniésemos para acabar con las
desigualdades entre ricos y pobres, primer y tercer mundo, apuesto a que lo conseguiríamos.
Si importasen más las
personas que la religión, la política o el estatus social llegaríamos a un
mundo utópico donde los gobernantes perderían su monopolio y el pueblo de
verdad tendría el poder en sus manos.
Soñar es demasiado
fácil... intentemos, luchemos y persigamos la meta, ahí está el secreto, esa es
nuestra hada madrina, nuestro medio para conseguir nuestros deseos.