Mirando al mar, sentada sobre la arena, viendo pasar el tiempo en la esfera de mi reloj, estoy relajada pero a la vez algo me inquieta,me muerdo el labio para evitar lanzar una lágrima, intento por todos los medios permanecer serena, pero todo me hace recordar.
Me levanto, y me aproximo poco a poco al agua fría y salada de las tardes de invierno, cada vez más cerca, es entonces cuando sumerjo mis pies en el agua, una sensación recorre cada milímetro de mi piel, las pupilas se dilatan, se me pone la carne de gallina, un escalofrío invade mi cuerpo, tengo ganas de hacer una locura, pero hay una voz en mi interior que me dice que no, que si te arriesgas puedes perder mucho, pero hago caso omiso, me sumerjo en el agua y permanezco bajo ella, sin
respirar, ya casi no tengo oxígeno en los pulmones, por un momento reflexiono y pienso que eso no está bien, que haré mucho daño a los que quiero.
Es entonces cuando oigo como gritan mi nombre, el corazón se me acelera, ya no hay tiempo es ahora o nunca, pero no soy capaz, amo demasiado mi vida, mientras discutía conmigo misma, alguien se ha acercado tanto como para sacarme del agua, estoy entre sus brazos que me aprietan fuerte y él me aleja del agua, me tapa con su chaqueta favorita, me mira a los ojos, y me besa, decepcionado pero tranquilo, me coge en brazos y me lleva con él y es cuando me doy cuenta de que los malos momentos son malos, sí, pero si los pasas con la persona adecuada quizás puedan ser menos malos y los buenos, perfectos.