Veo las estrellas, tan brillantes. Y entonces te imagino a mi lado, en un universo paralelo dónde todavía existes, nuestras miradas se cruzan y simplemente sonreímos. No hacen falta palabras, la música del silencio nos hace cómplices de un momento único, nuestro.
Vuelvo a mirar hacia ese cielo despejado lleno de preciosos luceros. Y en ese momento me pregunto cómo deben sentirse esas esferas llenas de luz, tan solas es un inmenso universo, incapaces de moverse, comunicarse o sentir lo más mínimo. Colocadas perfectamente formando constelaciones maravillosas, brindándonos la oportunidad de creer en la magia de los deseos cada vez que una se paga fugazmente para siempre. Cuidándonos desde la distancia más absoluta, sin poder echarnos una mano, pero velando por nosotros, observando cada paso que damos, mostrándonos el camino a seguir.
Vuelvo a mirarte, no tuve la oportunidad de despedirme, pero tampoco hubiese sabido qué decir. Sabía que tenías que irte y simplemente te dejé marchar. Y tu última sonrisa al verme, entrando en aquella habitación tétrica, fría y solitaria, fue la mejor despedida que puedo imaginar. Olvidé dónde estábamos, dejé a un lado el dolor, solo tú y yo, sonriéndonos como si no existiera nada ni nadie más en ese instante, igual que bajo la noche estrellada, cómplices.
Ya han pasado tres años, sin sentir tus caricias, sin que me consientas hasta el más mínimo capricho, sin que me defiendas de lo indefendible, sin los motes ridículos que le ponías a mis novios, sin los abrazos que me dabas cuando tenía pesadillas y, aún así, cada noche puedo estar contigo en un lugar donde no existe el tiempo ni el espacio, en mi corazón.
Siento tu respaldo y tu mirada de orgullo cuando hago las cosas bien, pero también imagino tus consejos cuando se tuercen los planes, porque aunque físicamente no estés, siempre estarás conmigo.
Gracias Abuela, por ser mi segunda madre, por cada sonrisa y cada momento duro que pasamos juntas. Te quiero, mi estrella, mi ángel de la guarda.
