Una pequeña mueca en su cara hizo que algo se despertara en su interior. La veía y la deseaba, quería acariciar su piel, rozar sus labios lentamente, sin las prisas a las que estaban acostumbrados.
La protegía entre sus brazos, porque la sentía pequeña, frágil, dulce y, a la vez, extrañamente explosiva.
Todo en ella le hacía sentirse bien, sus ojos color miel de mirada infantil y tímida, sus mejillas coloradas al hablar de un futuro juntos, sus palabras sin silencios donde se perdían las horas sin apenas darse cuenta.
Nadie podía entenderlos, eran como dos almas perdidas destinadas a encontrase, entenderse y amarse. Pese a cualquier problema, contra todo pronóstico.
Se volvió loco por su sonrisa, por su forma de ver el mundo, por su melena larga y morena, por sus costumbres. Se enamoró de sus miedos para superarlos a su lado, de sus pasos torpes, de sus errores y de sus chistes malos. Porque todo en ella era casa, hogar, familia. Porque cualquier cosa parecía posible ahora, y nunca nadie consiguió pararles los pies.