domingo, 29 de noviembre de 2015

Winter

Llega el invierno, con sus árboles desnudos y sus luces navideñas en las calles. Llegan las ilusiones infantiles, la magia de compartir, las fiestas, la familia, el amor...

Pero también llega el frío, la soledad entre las mareas de gente. La envidia sana brota de cada uno de nosotros, "ojalá tuviese coche", "ojalá fuese más rico", "ojalá tuviera con quien compartir mi Navidad", y con todos estos ojalás también aparecen los propósitos imposibles, "este año iré al gimnasio todos los días", "cambiaré mis hábitos no saludables", "encuentro novio", "me voy a Australia a vivir"... Podría seguir así durante horas.

Yo no soy diferente, también he hecho esta serie de estupideces cada año, y aquí sigo, sin ir al gimnasio, comiendo pizzas, hamburguesas, donuts y más sola que la una.
Echo de menos aquellos inviernos donde no tenía que preocuparme por nada, solo por ser feliz. Donde la peli-manta era la rutina y los días más fríos eran cuando no podía abrazarte.

Ahora las cosas son distintas, son mis propios abrazos los que me resguardan del frío, soy yo la que lucha contra la ventisca sin apoyos. Pero no está tan mal, hay demasiadas cosas que se han quedado atrás en el camino y puede que nunca llegue a reencontrarme con ellas, pero hay que saber cuando decir adiós y dejar que algunas partes de ti se vayan para no volver.

Creo que para saber lo que realmente vale la pena, hay que dejarlo ir, como los pájaros abandonan el nido, las hojas se desprenden del tallo y los peces siguen el río hacia el mar.