No soporto a la gente que se ríe por quedar bien, ni a los que te dan la razón como a los locos. No aguanto a las personas falsas, que vienen con una sonrisa y te dan una puñalada por la espalda.
A los que no tienen personalidad, solo son piel y huesos, sin alma. A los que presumen de lo que tienen, como si fuesen superiores, ya sea dinero, estudios o amor... nadie es superior a nadie. A los que tienen una opinión demasiado cerrada, me gusta la gente que debate y te da argumentos de verdad.
Pero si hay algo que odio con todas mis fuerzas y que jamás olvido es la traición. No soporto que me mientan, que me traten como a una estúpida delante de mis narices, que me humillen y que, aún sabiendo que me rasgarán el alma y me quebrarán toda ilusión y esperanza, me hunden y aplastan contra el suelo.
Aunque parezca raro, hay pocas personas que no pueda ver delante, que me produzcan asco y ganas de destruirle la existencia. Pero a esas pocas desearía arrancarles el corazón, destruirlo y volvérselo a meter, para que sintieran lo que yo sentí, llorasen como yo lo hice y se sintieran impotentes.
Lo que más me reconforta es ver como se esfuerzan por llamar la atención, cuando lo único que veo al leer su nombre es una esquela.
