domingo, 23 de agosto de 2015

Vida en el absurdo


Todas las historias que nos venden tienen finales predecibles. Finales románticos, dónde nadie acaba solo. Ni el extra que pasaba despistado por la escena principal. Todo es fantasía y magia. Coincidencias perfectas que consiguen que todo encaje, como un rompecabezas para niños de tres años.
 Pero… ¿Qué ocurre con tu vecina del tercero a la que la droga le ha robado un hijo? ¿Qué ocurre con ese pobre anciano que duerme en el banco del parque de tu infancia? Nunca nadie habla de eso. Es más fácil olvidarlo. Fingir que no lo has visto, que no existe.

Es muy fácil sentirse frágil, inútil, impotente. Somos demasiado pequeños en un mundo tan grande. Estamos indefensos ante las palabras, ante el poderoso, ante las mentiras que gobiernan el pueblo.

No somos capaces de aceptar los errores, solo nos damos mutuamente palmaditas en la espalda cuando las cosas salen bien.  Los momentos especiales están en los pequeños detalles de quién sabe apreciarlos. Solemos sentirnos importantes, los más importantes.

Los cuentos de hadas nos han mentido. Nos han hecho creer que nuestra vida estará llena de sorpresas continuas, de relaciones para toda la vida, de hijos estudiosos y trabajadores. No hablaron nunca del divorcio de Cenicienta porque se sentía inferior, no  hablan de los adolescentes que salen en “Hermano Mayor”, no hablan de infidelidades ni de fracasos, no hablan de madres de 15 años. Solo de piedras en el camino que se superan sin esfuerzo, con ayuda de magia, hadas…

En el mundo real no existen las hadas. Existen los padres que intentan rescatar a sus hijos, existen las vacunas que gracias al estudio salvan nuestras vidas, existe el dinero, existen los vicios… Vivimos enjaulados sin saberlo. Vivimos llorando por dentro mientras reímos por fuera.

 Pero no debemos abandonar, la lucha no siempre implica ganar. Perder batallas no siempre conlleva ser vencidos. La clave está en tener valor. Valor para intentar, para cambiar. Las costumbres no son leyes, las tradiciones pueden cambiarse.

Si nadie tuviese ansia por cambiar el mundo seguiríamos siendo monos en algún lugar del planeta. La revolución no es un crimen, es un limbo entre el pasado y el futuro. Es un nuevo pensamiento que surge a raíz de las injusticias.

Somos minúsculas hormigas que si se unen pueden lograr imposibles. Si en vez de unir fuerzas para evitar el descenso de nuestro equipo de fútbol, nos uniésemos para acabar con las desigualdades entre ricos y pobres, primer y tercer mundo,  apuesto a que lo conseguiríamos.

Si importasen más las personas que la religión, la política o el estatus social llegaríamos a un mundo utópico donde los gobernantes perderían su monopolio y el pueblo de verdad tendría el poder en sus manos.


Soñar es demasiado fácil... intentemos, luchemos y persigamos la meta, ahí está el secreto, esa es nuestra hada madrina, nuestro medio para conseguir nuestros deseos.