Seguía una rutina casi obsesiva, sin dar lugar a la casualidad, al azar.
No había sido así toda la vida. Hasta hacía un par de meses no podía ni probar el café, demasiado amargo para una vida tan dulce. Bajaba cada mañana por un lugar diferente para ir hacia el trabajo y solía desayunar con su mejor amiga en un punto diferente de la ciudad. Solo por conocer lugares nuevos y sabores distintos.
Pero un día toda su vida dio un vuelco, alguien llegó sin avisar y todo cambió por completo. Empezó a conocer nuevas experiencias. Recorrían cada rincón juntos, cada noche descubrían nuevas maneras de comerse el mundo. Pasaban las horas entre risas y deseos de más.
Parecía que la felicidad no podía terminar nunca. Aunque muy distintos... eran como piezas que encajan a la perfección. Cada día una aventura nueva, cada segundo algo mágico entre ambos se creaba.
Había desaparecido su antigua vida, todo giraba alrededor de él, de su curiosa manera de sonreír entre besos, de sus abrazos intensos cuando rompía a llorar viendo una película de amor, de sus ojos que la hacían perderse en otro mundo.
Quizás por todo eso ahora ya no quiere descubrir, se queda con lo conocido, puesto que cuando tocas el cielo es difícil seguir hacia arriba. Cuando conoces el sabor de la felicidad, lo complicado es mantenerse. Porque llegó un día que todo fue a peor. Las risas se convirtieron en gritos y los abrazos en llamadas jamás respondidas.
Ahora ya no arriesga, porque quien no arriesga no gana, pero tampoco pierde, o eso se metió en la cabeza para evitar seguir sufriendo. Y poco a poco se convirtió en una mujer apagada, los vestidos de flores se marchitaron hasta llegar a un tono gris oscuro lleno de amargura.
Su amiga seguía estando allí, intentando que todo volviera a ser como antes, pero ya no era la misma, su mirada ya no brillaba al mirar los días de Sol con ganas de buscar aventuras, porque aunque era verano ella solo veía invierno.
Lo bueno del invierno es que siempre aparece un rayo de Sol para recordarte que no todo está perdido. Fue entonces cuando apareció su Sol particular, después de meses llorando por alguien que jamás volvería, después de meses siguiendo una monotonía. Alguien que alegró sus mañanas de las maneras más insospechadas. Con tonterías que solo ellos entendían. No se iban lejos pero su simple compañía ya era motivo de felicidad. No eran novios, nunca lo fueron, y no lo serán. Solo almas que se juntaron en un momento en el que ninguno era capaz de sonreír. Y llegaron al cielo, a un cielo lleno de estrellas que todas las noches se tumbaban a ver juntos.
Se convirtieron en inseparables, dos contra el mundo, sin ataduras, sin límites, solos ante la inmensidad del universo, sonriendo porque... la vida, si no tienes con quien compartirla, no es vida.