No sé si pegarme un tiro o irme de fiesta, no sé si decir basta o subir más la apuesta.
Si algo he aprendido estos últimos meses es que no puedo esperar que la gente actúe como me gustaría. Cada vez que parece que se acerca algo bueno, pasa algo. No sé si tengo ganas de llorar, gritar o dejar de existir. No sé si quiero irme lejos o esconderme debajo de mi cama y no volver a salir. Estoy harta de sufrir, de esconder cosas que me hacen feliz. Porque no entiendo por qué todo está prohibido, y por qué lo prohibido me gusta tanto.
Los mejores momentos que viví últimamente son los que menos esperaba. Pero ahora pierdo los papeles, me siento estúpida, culpable... Culpable por ser feliz? Que ironía. Todo lo que viene se va, menos lo malo, que siempre se queda.
Vuelven las malas caras y los enfados tontos, pero es que... No quiero renunciar a lo que me gusta, no quiero renunciar a las sonrisas, las carcajadas, los sueños tontos, las ganas de volar sobre el mar...no quiero.
Pero sonrío como una niña, sabes? Porque sigo aquí, aunque todo me duela, aunque me lo guarde y me lo calle, aunque nunca vuelva a ser igual.
-Por las veces que perdí, por eso brindo. Y de tanto tropezar, al final la puta piedra va a pensar que soy idiota. Verdades a medias, noches de dos días... cuando la cago ya ni me arrepiento, no hago las cosas bien ya ni queriendo. Rompo todo aquello que quiero, comienzo la casa por el tejado y así me va luego. La vida no me llena, me vacía.